
La crisis climática es uno de los desafíos más urgentes del siglo XXI. Más allá de la degradación ambiental, el cambio climático se reconoce cada vez más como una cuestión fundamental de derechos humanos. Sus efectos, incluidas las condiciones meteorológicas extremas y la alteración de los recursos naturales, amenazan derechos humanos fundamentales, como el derecho a la vida, la salud, la vivienda y la seguridad.
A pesar de la creciente conciencia sobre la crisis climática, su impacto desigual sobre las mujeres y las niñas sigue siendo en gran medida ignorado. Los efectos del cambio climático no se experimentan de la misma manera y agravan las desigualdades sociales existentes, incluida la desigualdad de género. Esta disparidad suele tener su origen en desigualdades sociales y económicas preexistentes que limitan el acceso de las mujeres a los recursos, al poder de decisión y a la protección. Al provocar desplazamientos y socavar la seguridad alimentaria y los medios de subsistencia, el cambio climático agrava la inseguridad social y la violencia de género. Por lo tanto, cualquier respuesta significativa a la crisis climática debe basarse en un firme compromiso con los derechos humanos y la igualdad de género.
El papel de las mujeres, la escasez de recursos y los riesgos climáticos
En muchas regiones, las mujeres son las principales responsables de garantizar el acceso al agua y los alimentos para sus hogares. En determinadas zonas, el cambio climático ha reducido la disponibilidad de las fuentes locales de agua, obligando a las mujeres a recorrer distancias cada vez mayores —en ocasiones hasta otras comunidades o ciudades— para satisfacer las necesidades básicas del hogar. A medida que aumentan las presiones ambientales, esta responsabilidad supone una carga física y económica cada vez mayor para las mujeres. Además, esta presión adicional también afecta con frecuencia a las niñas, quienes pueden verse obligadas a abandonar la escuela para ayudar a sus madres con las tareas del hogar.
Estas desigualdades se ven reforzadas por las disparidades estructurales en el acceso a los recursos. Un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre género y cambio climático destaca que, aunque las mujeres constituyen el 40 % de la fuerza laboral agrícola en el Sur Global, solo poseen entre el el 10 y el 20 % de las tierras. Esta disparidad en la propiedad de la tierra refleja desigualdades de género más amplias en el acceso a la propiedad y a los activos financieros.
En este contexto, las mujeres representan la mayoría de las personas pobres en el mundo y a menudo dependen directamente de los recursos naturales como su principal fuente de alimentos y medios de subsistencia, lo que las convierte en las primeras en sufrir las consecuencias de la degradación ambiental. Además, actualmente, 47,8 millones más de mujeres experimentan inseguridad alimentaria y hambre en comparación con los hombres, y el cambio climático podría empujar a hasta 156 millones de mujeres y niñas adicionales a la pobreza: 16 millones más que el número total de hombres y niños (ONU Mujeres, 2025).
Por lo tanto, las barreras estructurales que enfrentan las mujeres, incluida su responsabilidad principal de garantizar los alimentos y gestionar las necesidades del hogar, combinadas con un acceso limitado a la tierra, la propiedad y los activos generadores de ingresos, restringen sus oportunidades económicas y debilitan su capacidad para adaptarse a las perturbaciones relacionadas con el clima. Estas desigualdades no solo aumentan la vulnerabilidad de las mujeres frente a los factores de estrés ambiental, sino que también perpetúan los ciclos de pobreza y desventaja, siendo las niñas y jóvenes quienes a menudo se ven obligadas a abandonar primero su educación a medida que aumentan las responsabilidades domésticas.
El cambio climático aumenta la violencia de género
Un nuevo informe de la Iniciativa Spotlight de las Naciones Unidas advierte que, sin una acción urgente, el cambio climático podría estar relacionado con uno de cada diez casos de violencia de pareja para finales de siglo. El estudio presenta resultados preliminares que indican que cada aumento de 1 °C en la temperatura mundial está asociado con un incremento del 4,7 % en la violencia de pareja.
Aunque la relación entre el cambio climático y la violencia de género no es directa, las crecientes inseguridades sociales derivadas del cambio climático, como la escasez de recursos y los fenómenos meteorológicos extremos, pueden contribuir indirectamente a la violencia de género. Las investigaciones ya han establecido una relación entre la pobreza y el aumento de los casos de violencia contra las mujeres. En el contexto de la crisis climática, este patrón se explica por los factores de estrés ambientales y económicos provocados por el cambio climático, incluida la escasez de alimentos y agua y la inseguridad económica, que generan estrés crónico e intensifican las tensiones y los conflictos dentro del hogar. Para ilustrarlo, un estudio informó de un aumento del 28 % en los feminicidios durante las olas de calor, lo que refleja los efectos desestabilizadores de las condiciones climáticas extremas. Además, la mayor vulnerabilidad de las mujeres ante la escasez de recursos y su situación económica generalmente más desfavorable aumentan su dependencia de sus parejas para obtener apoyo financiero, lo que dificulta aún más que puedan abandonar relaciones abusivas.
Asimismo, los efectos del cambio climático no solo aumentan las tensiones dentro de los hogares, sino que también intensifican la inestabilidad política y económica en las regiones vulnerables, agravando formas de violencia de género como la violencia sexual relacionada con los conflictos, la trata de personas y el matrimonio infantil. Los desplazamientos provocados por desastres relacionados con el clima aumentan aún más el riesgo de violencia sexual, y las adolescentes denuncian altos niveles de acoso y falta de privacidad en contextos de emergencia. En general, el cambio climático actúa como un poderoso multiplicador de amenazas que intensifica las desigualdades estructurales que hacen que las mujeres y las niñas sean más vulnerables a la violencia.
La importancia de una acción climática con perspectiva de género
Dado que las mujeres soportan de manera desproporcionada las consecuencias de la crisis climática, su inclusión en la toma de decisiones y en la elaboración de soluciones es esencial. La acción climática con perspectiva de género reconoce los impactos desiguales del cambio climático sobre las mujeres y las niñas, haciendo que las respuestas sean no solo más equitativas, sino también más eficaces. Las Naciones Unidas estiman que el 80 % de las personas desplazadas son mujeres; sin embargo, las condiciones en los campamentos de desplazamiento a menudo no responden a sus necesidades específicas. Por ejemplo, durante las inundaciones de 2022 en Pakistán, se estima que 650.000 mujeres embarazadas quedaron sin acceso a servicios de salud, lo que obligó a muchas de ellas a dar a luz al aire libre. Al mismo tiempo, la falta de saneamiento adecuado y la escasez de recursos impiden que las niñas tengan acceso a productos menstruales y puedan gestionar sus períodos con dignidad. Sin una atención deliberada a estas realidades, las respuestas humanitarias corren el riesgo de reforzar las estructuras patriarcales existentes. Abordar la crisis climática requiere, por tanto, un enfoque feminista que sitúe la igualdad de género en el centro.
El Plan de Acción sobre Género y Cambio Climático (GAP), establecido en el marco de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), busca integrar la igualdad de género en las políticas y acciones climáticas. Una de sus prioridades fundamentales es garantizar la participación de las mujeres como agentes de cambio, ya que se ha demostrado que su participación mejora la eficacia y la sostenibilidad de las soluciones.
Según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), el 55 % de las mejoras en materia de seguridad alimentaria en el Sur Global durante las últimas décadas puede atribuirse a programas que promueven el empoderamiento de las mujeres. Esto es especialmente evidente en las comunidades indígenas, donde las mujeres desempeñan un papel central en la gestión de los recursos naturales tanto a nivel doméstico como comunitario. Sus conocimientos, experiencia y estrecha relación con el medio ambiente proporcionan perspectivas fundamentales para desarrollar estrategias de subsistencia resilientes frente a las cambiantes condiciones ambientales.
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